Qué difícil es estar al día

Yo nací en una ciudad y he vivido en ciudades la mayor parte de mi vida. Lo digo por si después de leer esto, alguien se cree que he vivido en las montañas o algo así (cosa, por otra parte, estupenda, lo de vivir en las montañas). Pero es que, como se decía en aquella zarzuela, “los tiempos adelantan que es una barbaridad” y no damos abasto para ponernos al día, aunque nos pasemos la vida intentándolo.


Todo esto porque el otro día tuve que ir por cuestiones de trabajo a uno de esos edificios ultramodernos de la zona financiera de Barcelona. Estoy acostumbrada a tratar con cajeros automáticos, máquinas para validar el billete del tren o del metro,  -que a veces se los traga y nunca más se supo, – y demás robótica que nos rodea en el día a día, pero se ve que no estaba preparada para ese edificio.

Entras y te enfrentas a una enorme vestíbulo y tú te quedas allí en medio, pequeñita, sin saber hacia donde ir. Así me sentía yo, cual Paco Martínez Soria, en La ciudad no es para mí, reflexionando que solo me faltaba la oveja bajo el brazo. Además yo quería llegar a la planta donde tenía la reunión lo antes posible porque ya llegaba con un ligero retraso. (Me había equivocado de edificio la primera vez. Pero en mi defensa diré, que se llamaban igual). Y ahí encontramos el siguiente escollo. En primer lugar no hay escalera, bueno sí, una escalera de incendios por la parte exterior de la fachada, pero a ver cómo se accedía a ella.

Por lo que yo nada más entrar y ver el panorama, me dirigí muy dispuesta hacia el centro del vestíbulo, exactamente igual que alguien que supiera dónde iba. Allí descubrí dos columnas móviles que subían y bajaban. ¡Los ascensores! “Estoy salvada”, -pensé muy consciente de que si continuaba dando vueltas me iban a tomar por un ladrón inspeccionando el terreno o algo peor. – Perfecto, pero ¿cómo se llegaba al ascensor? Había una valla alrededor y solo se podía acceder por un punto en el que había una especie de puerta vasculante. La gente entraba y salía validando unos pases que llevaban, sobre un punto de la puerta. Igualito que cuando pagas con la tarjeta de crédito. Pero yo no tenía ningún pase. Digo yo que la gente con que tenía la reunión, me podía haber avisado.

Cuando estaba dispuesta a marcharme y darme por vencida, vi a lo lejos que alguien se acercaba a la pared oscura del fondo y lo que parecía media cabecita que asomaba por encima. Sí, era el mostrador de conserjería en un extremo. Así que mimetizado con la pared había un mostrador. ¿No lo harán a propósito para quedarse con la gente?  Era del mismo color oscuro que la pared y tan alto que no se pueden distinguir las cabecitas de los conserjes. Es imposible verlos mientras estén trabajando en el ordenador con la cabeza agachada.  Allí conseguí mi pase de visitante y pude llegar a los ascensores. No dije nada de mi peripecia en la reunión, convencida de que ya dominaba el asunto, pero qué equivocada estaba.

Al salir pasé la tarjeta que me habían dado por encima del lector como hacían los demás, pero ni caso. Empezaba a pensar que me estaban grabando con cámara oculta. Ya me veía durmiendo en el ascensor cuando de pronto veo que una mano se agita a lo lejos, tras el mostrador del conserje. Me fijo y sí, era a mí. Me indicaba que los pases de visitantes había que introducirlos por la abertura correspondiente, como en los cajeros automáticos. Introduje el pase en la ranura y salí disimulando como si aquello no fuera conmigo. Vaya, y yo que creía que estaba al día.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s